dimarts, 19 d’agost de 2008

NO HAY ESCRITURA SIN MEMORIA. Isabel Núñez.


Texto de la presentación de Isabel Núñez en el inicio de la serie de "Diàlegs en el Jardí". Día 7 de Julio de 2008, en el jardín del Ateneu Barcelonès. ("Diàlegs en el Jardí. Al voltant de l'escriptura", ciclo organizado por Espai Freud 2008 BCN: Subjetividad y pensamiento contemporáneo).

Natalia Ginzburg, escritora de la memoria y la pérdida en los años del fascismo, tiene una novela de título shakesperiano, Nuestros ayeres, donde incluye además un elemento de Macbeth: una mancha que no se va. Primero aparece como mancha de tinta en un tapete, y un personaje dice que es como la mancha de Lady Macbeth, que no desaparecerá ni con todos los perfumes de Arabia… Luego es un punto que el mismo personaje tiene en la espalda, un punto donde se siente morir. Cuando se está recobrando del tifus, le queda esa pequeña mancha rígida y helada donde siente la muerte. Y hacia el final, en un episodio asociado a los presos del fascismo, siente que la mancha se ha alargado y que casi toda su espalda está fría y débil. Y dice el crítico Giacomo Magrini: "una mancha que no se va y que incluso se expande, ¿no es una posible definición del trauma? ¿Y no es también un símbolo posible de la literatura?"
Yo me he pasado cinco años yendo y viniendo de la antigua Yugoslavia para entrevistar autores de allí que hubieran escrito sobre la guerra de los Balcanes y componer un libro que se publicará en 2009.
En enero de 2007, cuando me invitaron a participar en la clausura del Año Freud, yo quise explicar cómo el lenguaje psicoanalítico me había ayudado a vivir, convirtiendo mis hándicaps en recursos o haciéndolos trabajar a mi favor. Unas semanas antes había vuelto de entrevistar en Belgrado al único implicado decisivamente en aquella guerra que había aceptado hablar conmigo. No era cualquier persona. Aquel hombre había sido ministro de Información de la Republika Sprska con Karadžić, es editor de los libros de ese criminal de guerra fugado, conoce probablemente su paradero, ha constituido un Comité para demostrar su inocencia y enseguida declaró que aunque él era civil, es decir, teóricamente no había matado a nadie, había pasado toda la guerra con Karadžić, es decir, había presenciado el horror sin hacer nada para evitarlo.
Entonces escribí un texto donde intentaba explicar la resaca emocional que me había producido ese encuentro, y cómo, en medio de la angustia de la noche insomne que le sucedió, me había consolado la frase de Elisabeth Roudinesco citando a Lanzman y matizando la teoría arendtiana de la banalidad del mal: No cualquiera es capaz de ese mal.
Tuve que visitar a mi antigua psicoanalista para comprender que aquella dolorosa resaca mía estaba ligada no sólo al maltrato que había sufrido en mi infancia, sino a la violencia contenida que me había habitado.
Titulé mi texto "Entrevista con el Vampiro" y expliqué cómo el psicoanálisis me había ayudado a vivir con mis cicatrices, escribiendo a tientas, situándome en los márgenes e intentando comprender, en una especie de fruición que, como a Derrida en Aprender a vivir al fin, me hacía amar incluso los momentos amargos de mi vida… al comprenderlos.
Después de aquella intervención, Teresa Morandi y Anna Miñarro me ofrecieron colaborar en su proyecto Trauma y Transmisión, y mi primera contribución consistió en explicar al grupo la experiencia de mi libro balcánico. Pero antes, en la primera cena, enseguida me preguntaron: "¿Y tú, por qué estás en esto?"
No era una pregunta nueva. Tantas veces me la había hecho yo misma, a veces en pleno agotamiento perplejo, mientras volvía sola por las calles de Zagreb tras escuchar historias de violencia y pérdida, o cuando atravesaba bajo la llovizna de septiembre esa ciudad de las tumbas que es Sarajevo, pero también cuando, sentada frente a él, escuchándole, me di cuenta de que el Vampiro tenía la misma edad que yo, con tres días de diferencia, y que antes de la guerra había sido un intelectual de izquierdas, amigo de algunos de mis entrevistados antiguerra. O cuando leía los informes de Slavenka Drakulić sobre los juicios del Tribunal de La Haya, de cómo algunos ciudadanos ejemplares se habían convertido en monstruos durante unos días de su vida, o cuando recorría Belgrado con un mapa donde los nombres no coincidían con los de las calles. O cuando llegué a Pristina, Kosovo a las once de la noche y me encontré en un barrizal oscuro, sin taxis, entre militares daneses y gitanos macedonios. ¿Qué haces aquí?, me preguntaba. ¿Qué te ha traído en realidad? ¿Qué hay tuyo en todo esto?
Tenía naturalmente una respuesta oficial, ideológica, para aquellos desconocidos que me preguntaban: ¿Por qué los Balcanes? Les explicaba cómo aquella guerra me había hecho sentir impotencia ante la parálisis con que Europa occidental contemplaba el genocidio sin intervenir, con las frases estereotipadas sobre aquel otro yo salvaje que eran los balcánicos, casi con el mito de Drácula aplicado a aquellos primitivos del Este para explicar la actitud definida por un general de la OTAN: Let them kill theirselves, dejemos que se maten entre sí. Estaba claro para mí que en aquella guerra y posguerra había hechos similares a los vividos en este país: arbitrariedad, guerra intestina, complicidad colectiva, violencia del aprovechamiento, la usurpación y la delación, y luego, negación, silencio, olvido, desmemoria.
A veces pienso que fui a los Balcanes porque allí podría hablar de lo que aquí se callaba.
Un periodista de TV3, que había sido corresponsal en Sarajevo durante el asedio me decía: "No comprendo. ¿Por qué quieres hacer ese libro, si no sabes nada de los Balcanes?" "Por eso, le decía yo, precisamente porque no sé…"
Pero había sin duda una pregunta más personal, más interna, por qué la guerra, qué significaba para mí, por qué necesitaba ir allí para investigar o reflexionar sobre la violencia. Yo había vivido mi propia guerra civil con el maltrato en mi infancia. Había visto la complicidad de la familia en torno a aquella violencia, y cierta simpatía, cierto goce. Y después, todo aquello se había convertido en tabú. Y con el tabú, la negación y el silencio.
Desde muy pronto me había identificado con los perdedores en nuestra guerra civil y había asimilado mi familia a los ganadores. El país perdido de la República era todo aquello que habría podido ser: un país libre, culto, con memoria e historia, el país que tuvo que fugarse, ocultarse o morir. También en mí había una historia que no había podido ser. Por eso me hice comunista en la clandestinidad, como si al defender aquel otro país reprimido pudiera corregir también una parte de aquella injusticia personal.
La entrevista con el Malvado, que intentaba congraciarse con nosotros, casi concitando nuestro perdón, me hizo conectar con mi violencia interior. Yo también había deseado matar de pequeña a quien me torturaba y a quienes lo consentían y encontraban un placer en aquella contemplación. Como Europa contemplaba con cierto goce la herida abierta de Sarajevo, la matanza de Srbrenica, los campos de reclusión. Como si esa contemplación les hiciera distintos, más buenos, alejados del otro salvaje.
Yo construí mi ética en el reverso de lo que había vivido. Tanto se consolidó que me he sentido muchas veces feliz de haber estado en mi lugar y no tener que avergonzarme.
En los Balcanes entrevisté a escritores. Algunos aquí me preguntaban: ¿Por qué escritores? La literatura es mi territorio, una fuente de conocimiento más creíble que la prensa o los ensayos recientes, menos sujeta a esquemas previos, rígidos, que excluyen la contradicción. Más conectada con lo invisible, con el saber no-sabido de María Zambrano. La escritura inconsciente. María Zambrano escribió que la identidad de España se había construido sobre la expulsión y el genocidio, que por eso en este país se había renunciado a hacer historia y a hacer filosofía. Y por esa actitud desmemoriada de no reflexionar, para comprender lo ocurrido en España, la filósofa decide leer el Quijote y a los místicos.
Hace poco lo pensé al releer los Contes del carrer estret de Amadeu Cuito, donde el narrador mira por la ventana de su casa en Cadaqués, por esa calle estrecha, y lo que ve, en el año 2005, detrás de los gestos cotidianos de sus vecinos, es la guerra civil, precisamente lo no hablado, lo silenciado, que reaparece setenta años después.
Yo también escribo autoficción. Mi escritura necesita la memoria para construir. Dijo Marguerite Duras: "Escribimos para saber lo que escribiríamos si escribiéramos." Creo que Lacan dijo que la escritura psicoanalítica se hace a partir de la historia, que no es sólo la memoria del pasado sino reescritura desde el presente, con un futuro que es el deseo… Mi escritura nace también de la nostalgia, lo dijo Natalia Ginzburg, que la nostalgia despierta la escritura… pero no es nostalgia de la pérdida de algo feliz, sino de la pérdida de los sueños o de lo que pudo haber sido. O incluso de la búsqueda del viejo dolor con su paisaje, para interrogarlo. Tal vez sólo tenga que ver con el deseo. Intentar comprender, recordar, construir sobre lo vivido, reescribirlo, darle otra vida al dolor y a la experiencia. Plantear mis preguntas escritas en voz alta y enviarlas como quien lanza una piedra al agua, para hacerla rebotar y contemplar las ondas que produce.
En nuestras conversaciones para preparar este acto, Teresa Morandi me decía que el trauma consiste en no poder encontrar sentido en lo sufrido. Y que esa escritura que surge como una búsqueda de sentido surge también de la catástrofe. Eso me hace pensar en aquella idea de Derrida de que la hospitalidad va siempre unida a una catástrofe: la del que está perdido. Él lo descubrió de joven, en una cárcel argelina. Su compañero de celda, como buen musulmán, fue hospitalario con él, le enseñó los trucos para sobrevivir allí. La escritura, después de mi propia pequeña catástrofe, es para mí una búsqueda de la hospitalidad que no tuve en mi infancia. De pequeña, frente a mi inhóspita familia, yo me sentí acogida por el paisaje y los libros. Escribir era una manera de seguir allí, acogida para siempre en un manto o una red de palabras.

La grabación del diálogo entre Isabel Núñez y Teresa Morandi se puede escuchar en Sense memòria no hi ha escriptura.

3 comentaris:

ladoctorak ha dit...

Todos llegado el momento hemos sentido esa mancha.la que no se va.como parte genetica del mal existencial.todo ser humano llega al enfrentamiento con su mancha como un sinsentido.....parece que la guerra nos acerca a limites insospechados de ese mal generacional que ha sacudido al mundo desde el origen de los tiempos....reflexionemos pues y afrontemos juntos...sin huir...porque en una guerra sufrimos todos...sin condicion

ladoctorak ha dit...

Repito......

ladoctorak ha dit...

Me gustaria recuperar mi comentario anterioor